26.1.08

SEMBLANZAS: MUÑOGO

Era el tal Muñogo un individuo de cuerpo enjuto, tez cetrina, mirada insidiosa y gesto adusto. Algunos decían que era bajo, otros que era hondo. En lo que todos estaban de acuerdo era en que había algo inquietante en su persona. Tal vez fuera su sonrisa felina, que dejaba entrever el brillo del oro entre sus finos labios, o aquella forma siniestra que tenía de decir “No lo pillo” cuando le contabas un chiste. El caso es que cuantos vislumbraban su silueta desgarbada por los oscuros callejones de Cuatro Vientos cuando ya había anochecido hacían lo posible por evitarlo. Nunca dejaba propina y jamás pasaba ante un mendigo sin darle una patada al platillo. Gustaba de recordar a los viejos lo breve que es la vida y hacer muecas a los niños hasta que lloraban. Cuando se aburría, iba al cementerio a ver los entierros y había enseñado a su perro a comerse las flores.
Si alguien hubiera preguntado a su jefe de qué trabajaba, seguramente habría obtenido por respuesta una carcajada. El caso es que siempre había estado relacionado con el mundo de la hostelería, y además por vocación: ¿en qué otro sector puede uno trabajar tres meses al año y estar los otros nueve en el paro? Después de muchos años trabajando en un hotel de Los Pinos, un buen día decidió cambiar de aires. Según él, lo hizo porque estaba estresado y las denuncias de varias turistas de que había abusado de ellas tras emborracharlas no tuvieron nada que ver y eran pura invención. Además, tampoco habían bebido tanto.
Le solía acompañar un perro enorme, negro como el culo de un negro que no se lava, de temperamento infame e instinto asesino al que apenas podía contener y que respondía al nombre de Infierno. Por alguna razón ambos se entendían de maravilla. Lo había recogido una noche oscura en la cuneta de una carretera, no se sabe si por buen corazón o porque hacía tiempo que quería un perro y así le salía gratis. Los rumores de que eran algo más que amigos nunca pudieron confirmarse, aunque en cierta ocasión el perro le dio un mordisco en los huevos y casi se los arranca. Cuando viajaba siempre llevaba al perro en el maletero de su coche, y el animal se lo solía agradecer abalanzándose sobre él con espuma en la boca y ojos inyectados en sangre cuando por fin lo sacaba.
Pretendía tener cierto talento para la lírica y colaboraba ocasionalmente en uno de los blogs más prestigiosos de la red. Aunque sus artículos eran realmente lamentables, nadie se atrevía a decírselo, más cuando que cada vez que alguien sacaba el tema se ponía a acariciar a su perro con una sonrisa que helaba la sangre en las venas.
El caso es que un buen día Muñogo desapareció y nunca más se le volvió a ver. Unos dicen que emigró a las Islas Fiji, donde al parecer la temporada de verano sólo dura un mes; otros que su perro lo devoró. Esto explicaría la aparición de un cagarro enorme que era su vivo retrato. Fuese lo que fuese, el caso es que ahora los niños y las ancianitas pasean sin temor por el barrio y el blog se ha revalorizado.
Xinea
Próxima semblanza: Afaé.

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